Inicio » Articulos » Psicologia infantil » Los dichosos limites 105106
 

Los dichosos límites

 

Esto de los límites es uno de esos conceptos que por haberse puesto de moda ha quedado vaciado de contenido. No se sabe bien en qué consisten, para qué sirven, qué normas hay que poner a los niños para ayudarles a crecer. En ocasiones los padres se plantean:¿cuándo y cómo dejar el chupete?,  ¿cuánto tiempo de ordenador debo permitirle y cómo conseguir que lo cumpla?, ¿a qué hora le dejo volver a casa el viernes? Y quieren saber cómo hacer estas cosas sin acabar gritando o ser demasiado permisivos.

 

Para abordar esta cuestión recordemos, como siempre, que nada es perfecto, que no existe un manejo ideal de la autoridad, como no existen los padres o educadores ideales. Partiendo de este planteamiento, busquemos el mejor modo de hacerlo. Si decidimos ser autoritarios: Haces esto porque lo digo yo que para eso soy tu padre, favoreceremos el desarrollo de la dependencia en nuestro hijo. Aprenderá que el que sabe es otro, y buscará en el futuro una autoridad a la que obedecer -o desobedecer por sistema-, pero no sabrá cómo pensar por sí mismo lo que está bien o mal. Si, por el contrario, tomamos la posición del “dejar hacer” o “darles total libertad” tampoco favorecemos la autonomía, la seguridad en ellos mismos, porque cuando todo vale, nada vale y, si no conoce las reglas del juego, se equivocará mucho, lo que le hará dudar de sí mismo, y llegaremos, por otro camino, a que no tenga criterios propios, que sea dependiente, inseguro, y poco consciente de las consecuencias de sus acciones.

 

Tarde en la playa, buen momento para que los niños jueguen, desarrollen habilidades, investiguen y se relacionen con amigos. Unos padres demasiado temerosos y controladores pedirán a sus hijos que estén siempre cerca de ellos, permanentemente vigilados, mostrarán que a su alrededor todo es potencialmente peligroso, y que sólo junto a ellos están seguros. ¿De verdad creen que van a poder protegerles siempre? ¿No será mejor capacitarlos para defenderse solos? En el otro extremo están los padres que no orientan a los niños y les dejan hacer lo que quieran, hasta el inevitable momento en el que hacen algo inadecuado, como perderse o hacerse daño por ir a una zona peligrosa. Estos niños se angustiarán y además recibirán la reprimenda de los padres asustados y enfadados. No parece que sea un buen modo de hacerles sentir seguros. Hay alternativas. Decir clara y firmemente lo que se puede y no se puede según cada edad. Podéis jugar desde las rocas al pino alto, pero no salgáis de ahí ni entréis en el agua sin avisarnos. Estos padres están favoreciendo la autonomía de sus hijos, les han dejado claro lo que no es seguro, dónde está el peligro, ofreciéndoles un espacio libre en el que jugar despreocupados, relacionarse con otros niños y ocuparse de las cosas propias de su edad. Si se hacen una herida, será por accidente, ellos no serán culpables, podrán entender que esas cosas pasan y seguir jugando.

 

Éste no es más que un ejemplo, un momento entresacado de la larga infancia, durante la cual hay que estar constantemente mostrando a los niños las normas, delimitando lo que se puede y lo que no. Y no es la seguridad la única consecuencia de este cuidado. La capacidad de implicarse con algo, de luchar para conseguir un objetivo, de disfrutar, el respeto a los demás, están también relacionados con este modo de entender las normas.

 

Cualquier casa a las ocho de la tarde: un niño, Pablo. Le encanta una serie de televisión que emiten en un horario que sus padres juzgan inadecuado. Además, éstos opinan que ver al día tanta televisión no le beneficia. Prefieren que acuda a sus actividades extraescolares, juegue, haga sus deberes, se bañe, cene a su hora, y duerma lo que necesita para recuperarse del día. Pero Pablo es persuasivo, sabe argumentar soy el único de clase que no lo ve, todos saben lo que ha pasado y si yo no lo veo me quedo solo en el patio y además parezco un pequeño. Sabe que sus padres están cansados después de la jornada de trabajo y que lo último que desean son peleas, gritos, escenas en casa que generarán un mal ambiente para todos. Así que Pablo intentará, con todos los recursos que considere eficaces, obtener lo que quiere, lo que cree que es bueno, que, como es un niño y no puede entender el largo plazo, es hacer lo que en ese momento le apetece.

 

Poner límites es algo que se hace desde que los bebés nacen, un proceso en el que cada acto de los padres va calando en los niños, construyendo una ética que se revisa al madurar. Si los padres de Pablo en su momento le enseñaron firme y claramente que tenía que dormir en su cama y no entre sus padres, que tenía que dejar el chupete y aprender otras formas de calmarse, que no podía pegar a los pequeños por ser pequeños, que iba a aprender a compartir sus juguetes con otros niños, que a la hora convenida se apagaba la luz para que los niños durmieran y los padres se ocuparan de sus cosas, que había que desayunar bien antes de ir al cole, etc., le fueron transmitiendo que hay muchas cosas que tenemos que hacer aunque no apetezcan en el momento. Que es necesario frustrarse en muchas ocasiones para conseguir un beneficio más adelante. Si Berta hace el esfuerzo de ir al entrenamiento, aunque hoy llueva y le dé pereza, jugará mejor en los partidos, pero además aprenderá a trabajar en equipo, a relacionarse mejor con los demás, a cuidar su lugar en el grupo, a comprometerse con una tarea, y a buscar de mayor placeres más enriquecedores que la satisfacción inmediata.

 

Antes de terminar veamos algunos aspectos que deben tenerse en cuenta para que esta función normativa sea más fácil para todos. Es importante que los adultos se pongan de acuerdo, que muestren criterios comunes. Así los niños van captando que las normas no están hechas para beneficiar a alguno de los padres, sino para cuidarles a ellos. Es preferible que los límites sean pocos, firmes y claros. Fáciles de entender. Eviten ser demasiado ambiciosos, porque luego no podrán mantenerlos. Si los cambian, si ceden ante la presión de los niños o les levantan habitualmente los castigos, sólo conseguirán confundirlos. No sabrán qué es lo verdaderamente importante y aprenderán a pelear constantemente, con lo que los padres acabarán agotados, se enfadarán y les tratarán peor. Porque en esos momentos de desesperación es posible que digan cosas de las que luego se arrepientan, que culpen a los niños. Es obvio que, en una tarea tan compleja como la crianza, estas situaciones se darán algunas veces, pero se trata de intentar que sean las menos posibles; con eso será suficiente para que los niños vayan aprendiendo con el mínimo desgaste para todos.

 

maria@elizaga.com


 
 
Comentar este artículo
Nombre:
Email:
Comentario: