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Tristeza, pérdida y duelo

 

“Veremos que en algunos casos esa tristeza, expresada por el niño en su comportamiento y sus dificultades personales, es menos la suya propia que la de su entorno y que el niño en cierta forma se ha identificado con ella. Por último, la tristeza del niño –y éste no es el menor problema que se plantea– puede no ser aparente, permanecer oculta tras una excitación engañosa y una falsa jovialidad que engañan, y tiene una función defensiva contra la depresión.”

J-C. Arfouilloux

Tristeza, hastío, duelo, dolor, desdicha, nostalgia, melancolía… todas estas nociones nos llevan al núcleo del problema: la depresión. Y pueden darse tanto en adultos como en niños, aunque resulte ser más difícil para algunos aceptar que un niño padezca una depresión. Y sin embargo, de acuerdo con Melanie Klein y Winnicott la experiencia depresiva forma parte del desarrollo normal de cualquier individuo. Lo corriente es que sea difícil reconocer en un niño triste a un niño deprimido aun cuando se queja de estar cansado, o se agita, duerme mal o se niega a comer o incluso a crecer. Los afectos depresivos lo desbordan y el niño tiende a huir de ellos a través de una conducta descarriada, a través de la somatización o a través del defensa maníaca. Pero estos mecanismos de defensa sí que pueden ser compartidos por muchos adultos que se niegan a sí mismos la opción de vivir una depresión. Es corriente escucharlos decir: “No tengo tiempo para deprimirme.”

En la defensa maníaca, explica Winnicott, se niega todo lo serio. “La muerte da paso a una animación exagerada; el silencio, al ruido.”

Pero vivir implica pasar necesariamente por una sucesión de duelos. El destete, el crecimiento, el pasaje de una etapa a la otra, etc., involucran una serie de la pérdidas –actitudes, modalidades y vínculos– que impactan al Yo como procesos de duelo que no siempre son suficientemente bien elaborados. Una cuarta parte del total de pacientes que acuden a los centros de salud presenta problemas que podrían considerarse relacionados con algún tipo de pérdida: una persona que ha muerto o de la que se ha separado, pero también otro tipo de objetos con los que creamos vínculos, como la casa, un animal de compañía, un trabajo; los fracasos escolares; las situaciones de abandono: divorcio, separación, rechazo de los padres; los problemas familiares, los cambios de domicilio, los problemas económicos, la pérdida de empleo, el diagnóstico de una enfermedad grave o invalidante. Todos estos factores estresantes pueden dar lugar a reacciones desadaptativas de índole depresiva (tristeza, llanto, desesperanza, impotencia, rabia y culpa), además de disfunciones importantes a nivel social y laboral. Podemos entender el duelo y los procesos de duelo como el conjunto de representaciones mentales y conductas vinculadas con cualquier pérdida afectiva. En cualquier caso, el duelo no es un estado, es un proceso que el sujeto vive activamente, motivo por el cual Freud lo denominó “trabajo de duelo”. 

Típicos del duelo son la tristeza, el recuerdo reiterativo de la persona fallecida, llanto, irritabilidad, insomnio y dificultad para concentrarse y llevar a cabo las labores cotidianas. Su duración es variable aunque normalmente no es superior a seis meses. Sin embargo un duelo normal puede acabar provocando un trastorno depresivo completo que requiera tratamiento. 

“El duelo supone el proceso de retirada progresiva de la libido invertida en el objeto perdido y la preparación para reinvertirlo en uno nuevo. Tal y como lo expresa Freud en Duelo y melancolía el trabajo del duelo sigue los siguientes pasos. En primer lugar ‘el examen de la realidad ha mostrado que el objeto amado no existe ya y demanda que la libido abandone todas sus relaciones con el mismo … contra esa demanda surge una resistencia naturalísima pues sabemos que el hombre no abandona gustoso ninguna de las de su libido, aún cuando haya encontrado ya una sustitución.’”

Puede tratarse de un duelo normal o patológico. Un duelo patológico se asienta en factores predisponentes y en el mantenimiento de una relación de ambivalencia con el objeto perdido. Para Klein, las personas que sufren duelos patológicos nunca han logrado superar la posición depresiva que constituye una etapa del desarrollo infantil normal, o establecer una buena relación objetal que les permita sentirse seguros dentro de su mundo interno.

Para Enrish Lindemann “el duelo agudo constituye un síndrome que se caracteriza por: a) malestar somático (síntomas respiratorios, debilidad y síntomas digestivos); b) preocupación por la imagen del difunto; c) culpa; d) reacciones hostiles; y e) desestructuración de la conducta (como síntomas patognomónicos) que pueden acompañarse de la e) aparición de rasgos o características del muerto en el comportamiento del doliente.”

Para Bowlby el duelo es como una extensión de una respuesta general de separación. Existiría un “instinto de vinculación” subyacente. Para Bowlby el duelo normal suele durar más que el duelo patológico y muchas conductas consideradas patológicas son en realidad normales. El duelo patológico supone para Bowlby que el individuo tuvo que haber sufrido relaciones parentales disfuncionales en sus etapas tempranas.

Bowlby identifica 4 fases:

Fase 1. Fase de entumecimiento o shock

Fase 2. Fase de anhelo y búsqueda

Fase 3. Fase de desorganización y desesperanza

Fase 4. Fase de reorganización

Parkes, por su parte, desde la teoría del vínculo identificó tres formas principales de duelo patológico: duelo crónico, que supone una prolongación indefinida del duelo con exageración de los síntomas, duelo inhibido en el que la mayoría de los síntomas del duelo normal están ausentes, y duelo diferido, en el cual las emociones que no hicieron su aparición tras la pérdida se desencadenan por otro acontecimiento posterior. 

Desde el punto de vista del constructivismo social el duelo es un proceso emocional. Depende de cómo las personas construyen los sucesos y dicha construcción depende de creencias y valores propios de su cultura. Se entiende que no existe un "programa de conducta" innato independiente de dichos valores culturales. El propio estado emotivo refuerza las propias creencias culturales y éstas, a su vez, modelan la forma en la que se expresa la emoción.

Por su parte Worden describe el proceso según tareas:

Tarea 1: aceptar la pérdida de la persona u objeto

Tarea 2: experimentar las emociones vinculadas a la pérdida

Tarea 3: capacitarse para desenvolverse en el mundo sin el objeto perdido

Tarea 4: recolocación de lo perdido de modo que no impida el investimiento afectivo de otros objetos.

Imagen: nexopsicologia.com


 
 
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