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¿Qué son los ataques de pánico?

 

“Los trastornos de pánico ofrecen un interés que excede la importancia clínica que de por sí presentan pues sirven para examinar los múltiples niveles de articulación existentes entre sectores del inconsciente, entre el inconsciente y la conciencia, y entre lo representacional y lo neurobiológico.” (Bleichmar, H.)

Ya Freud había hecho una distinción entre ataque de pánico con sus temores de muerte inminente o la sensación de volverse loco y la “angustia expectante”, lo cual se mantiene en el DSM-IV, que diferencia entre trastorno de pánico y trastorno de ansiedad generalizada, “expectativa ansiosa de supuestos peligros que el paciente avizora para sí o los suyos.”


  1. En el ataque de pánico existen distintos niveles
  2. El nivel de los indicios o señales que despiertan la angustia
  3. El nivel neurobiológico y corporal (taquicardia, acaloramiento, aceleración de la respiración con paradas bruscas, activación general, cambios bruscos de ritmos)
  4. La manera como el sujeto se ve a sí mismo cuando siente angustia, cuán peligrosa resulta ésta para él, y las anticipaciones que realiza cuando percibe las manifestaciones de la angustia (¿qué me sucede?, ¿me estaré muriendo? ¿voy a tener un ataque al corazón?, respuesta intensa de miedo, sensación de pérdida de control, de quedarnos clavados, desvalidos, paralizados y bloqueados)
  5. La realimentación entre los tres niveles anteriores

El hecho de que personas que sufren de angustias tanto o más severas que los que padecen ataques de pánico no sufran de estos ataques se debe a que hay que agregar la especificidad de la reacción neurovegetativa, y sobre todo la forma en que el sujeto codifica los peligros que la angustia puede conllevar.

Una vez desencadenado el primer ataque de pánico, la angustia ya no depende de las causas que originalmente la desencadenaron. El ataque de pánico supone un desajuste psicobiológico en el que hay manifestaciones corporales sumadas a los conflictos o situaciones no concientes presentes en el desencadenamiento de dicho ataque y que cuando vuelven a estar activas actúan a modo de “angustia señal” que retrotrae al sujeto a ese primer ataque y hace que se repita. No es únicamente que un conflicto x genere angustia sino que debe mediar también la codificación que el sujeto hace de la situación conflictiva como capaz de provocarle angustia de manera tal que contribuya a reproducirla.

En ocasiones puede tratarse de encadenamientos representacionales de un grado de significación muy alto (sentimientos de culpa persecutoria debidos a fantasías agresivas que hacen temer la pérdida del objeto dañado o el abandono vengativo de éste, o deseos sexuales conflictivos), o de indicios o señales mucho más simples, como una sensación propioceptiva (malestar de tórax, dolor de cabeza, un rostro o un tono de voz que puede resultar extraño o producir la sensación de que uno va a ser atacado, oscuridad, ausencia de una persona, etc.).

Desde la perspectiva psicoanalítica, se encara la representación básica del self, la del self en peligro, no solo como una representación reactiva al peligro sino que requiere indagar en las causas que originan la angustia y que la mantienen activa, ya sea por fijación a situaciones traumáticas en las que el individuo se sintió impotente frente a otras personas o situaciones amenazantes, por los discursos parentales o por haberse identificado con el self en peligro de los padres, etc. Se tiene en cuenta, además, que en el trastorno de pánico hay una perturbación de un sector muy particular del self: el de la autoconservación, como representación del sujeto de tener o no control sobre su mente, su angustia, y de que su cuerpo escapa a la regulación normal psicobiológica.

Pero ¿cuál es la génesis del sentimiento de control/descontrol de la angustia?

Tras haber padecido experiencias de enorme sufrimiento puede que un niño reciba auxilio de una figura que contribuyera a calmarlo con lo cual en él queda inscrito el hecho de que alguien va a acudir y va a calmarlo.

Bion (1959) lo denomina función continente o “reverie”,  Kohut (1971) como objeto del self que provee una experiencia reasegurante, y Winnicott (1960) como “sostén.” Si por el contrario un niño se angustia y a cambio recibe por ejemplo palizas o total y conciente ausencia de atención, lo que queda inscrito es que el sentimiento de angustia es peligroso, que todo irá a peor y actúa como señal o indicio de conflicto o persecución ("porque tengo angustia, papá/mamá se disgustarán”). Pero puede ocurrir que el niño que ha sido calmado no consiga internalizar la función de sostén ni pueda transformarla en un autoapaciguamiento y continúe dependiendo de la aparición de esa figura, ya sea imaginariamente en un personaje significativo o, en su caso, del terapeuta. “La anterior es una condición muy diferente que la que presentan aquellos que sienten que su angustia no será calmable ni por él/ella mismo/a ni por ningún personaje externo. Nos encontramos ante los casos más severos, en que la angustia se convierte en desorganizante, no infrecuentemente caracterizada en el tratamiento por crisis de desesperación y agresividad. Son los pacientes que, ante la emergencia de la angustia en sesión, comienzan a gritar, a llorar, a rechazar ayuda, y no por narcisismo o transferencia negativa sino por el terror que les produce el creer profundamente que no habrá nada  ni nadie que pueda protegerles.” (Bleichmar, H.)

En cualquier caso, el discurso de los padres es estructurante del sujeto. La palabra dicha (o pensada) además de reactivar algo que ya se ha inscrito en el inconciente, es capaz de desactivar otros sectores del mismo e intervenir en la génesis misma del inconciente.

Cuando alguien tras sufrir un ataque de pánico teme su repetición, pudiendo llegar a un estado de agorafobia, es porque el ataque hizo que se tambalease precisamente el sentimiento de potencia del self, de esa seguridad básica de sostén, y la previsibilidad de lo que va a acontecer. Lo traumático de estas crisis está en la irrupción inesperada de la angustia que genera el sentimiento de que el cuerpo y la mente están fuera de control y de que se carece de recursos para paliar la sensación de indefensión y absoluta impotencia, una desregulación interior. El ataque de pánico funciona aquí como un trastorno de estrés postraumático en el que la primera crisis desencadenada es justamente la condición traumática.

“Si se examina sobre qué sector de los componentes de los trastornos de pánico trabaja cada corriente terapéutica diríamos que el cognitivismo-conductual lo hace básicamente sobre la reacción consciente ante la angustia; los farmacólogos, con los ansiolíticos y antidepresivos, se dirigen al nivel neurobiológico; los psicoanalistas trabajamos habitualmente sobre las fuentes inconscientes de la angustia. Pero, sólo un modelo que contemple la complejidad de factores en juego, nos permitirá no sólo aclarar en cada caso cuáles son las dimensiones relevantes sino establecer principios técnicos del tratamiento, momentos del mismo, y la conveniencia o no de combinar formas de intervención.” (Bleichmar, H.)

 

Fuentes:

http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000094&a=El-tratamiento-de-las-crisis-de-panico-y-el-enfoque-Modular-Transformacional

http://www.cop.es/colegiados/A-00512/panico.html


 
 
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