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¿Por qué Odiamos?

 

“El odio … erige figuras aterradoras en nuestra mente y entonces dotamos a los demás de cualidades desagradables y malas. Incidentalmente, esa actitud mental produce el efecto real de suscitar sospechas y desagrado en los demás, mientras que una actitud confiada y amistosa de nuestra parte tiende a provocar la confianza y la benevolencia ajenas.”
Melanie Klein

Según Melanie Klein, “El primer objeto de amor y odio del lactante, su madre, es deseado y odiado a la vez con toda la fuerza e intensidad características de las tempranas necesidades del niño.” El sentimiento de odio, y también el sentimiento amoroso, aparecerían entonces con toda su fuerza en las fases más tempranas de nuestro desarrollo para persistir durante el resto de nuestras vidas de una manera u otra. Según Klein, “cuando el niño tiene hambre y no se lo gratifica, o cuando siente molestias o dolor físico … Se despierta su odio y su agresión y lo dominan impulsos de destruir a la misma persona que es objeto de sus deseos y que en su mente está vinculada a todas sus experiencias, buenas y malas.  … el odio y los sentimientos agresivos del lactante dan origen a los más penosos estados, como la sofocación, el ahogo y otras sensaciones similares que, al ser sentidas como destructivas para su propio cuerpo, aumentan nuevamente la agresión, la desdicha y los temores.” Pero aunque estos sentimientos ambivalentes se presentan en todos los seres humanos, no siempre lo hacen de la misma manera. Hay niños que tienen una capacidad innata para afrontar la frustración en mayor medida y también para contener sus impulsos agresivos, destructivos y autodestructivos.

Sea como fuere, el odio es un sentimiento incapacitante, limitante, cuyo único fin es dañar a la persona odiada. Una vez se instala en nosotros, no nos da tregua. Nos llena de impotencia, de ira, nos somete, nos esclaviza. Nuestra mente no cesa de pergeñar el modo de dar rienda suelta a nuestra frustración, nuestra angustia y malestar, de aplastar al enemigo. Pone en peligro al objeto de nuestro odio, pero también a nosotros mismos, psíquica y físicamente. Porque el odio, como señalara Klein,  se somatiza.

Lo que estaría obrando es una primitiva escisión entre sentimientos de amor-odio, como mecanismo de defensa. Proyectamos hacia fuera todo lo malo mientras que vemos en nosotros mismos todo lo bueno, sin poder integrarlos. “Las imágenes del sí mismo y de los objetos tienden a alternar entre polos opuestos, entre la idealización y la denigración: exclusivamente amoroso, fuerte, digno, nutricio y bondadoso, o exclusivamente malo, odioso, amenazador, destructivo, rechazable o indigno (sin valor).” Y he aquí la fuente de todo fanatismo, de toda intransigencia, de sentimientos persecutorios, e incluso de algunas fobias y psicosis.

El odio siempre va en detrimento de actitudes tolerantes. Desaparecen la solidaridad, la gratitud, la comprensión y toda posibilidad de acuerdo. En épocas de crisis el otro se convierte en el “eje del mal”. Todo lo malo está en el otro, todo lo bueno, en nosotros. Tenemos la razón y rechazamos cualquier cosa que ponga en entredicho nuestra verdad. Buscamos el modo de proteger nuestra dignidad y nuestra autoestima pisoteadas y de defender obsesivamente nuestros valores que, desde nuestra perspectiva, están siendo atacados.

En las relaciones personales y laborales, el odio está en la base del mobbing y del bullying, del desprecio por el esfuerzo ajeno, del desprecio ante lo diferente o ante lo que puede generar en nosotros dolor y envidia.

En ocasiones, el  odio tiene una base real. La persona ha sido realmente ignorada, rechazada, excluida, abandonada, despreciada o desprestigidada. Pero aunque así fuere, una persona madura es capaz de hacer frente de manera organizada a sus impulsos destructivos y elaborar las situaciones de manera que no la afecten a tal punto de sentirse íntimamente invadida por esos sentimientos de odio que en última instancia, solo a ella la perjudican.

Dejarse llevar por los más bajos instintos y provocar el mal, son estrategias fáciles de resolver situaciones extremas. Lo difícil es encauzar esos afectos negativos para reconvertirlos en afectos potencialmente constructivos, disolver la enemistad, diluir la agresividad, o eludir simplemente el enfrentamiento. A veces, nada mejor que alejarnos de la fuente de aquello que nos produce emociones negativas para recuperar la tranquilidad y el bienestar.  

Fuentes

http://www.parasaber.com/salud/psicologia/autoayuda/articulo/consejos-sintomas-emociones-odio/25004/

http://www.apsique.com/wiki/PersKlepp

http://www.todoesmente.com/mecanismos-de-defensa.html

Klein, M. (1937), Amor, culpa y reparación. Paidós

Imagen: http://abrazosvacios.files.wordpress.com/2012/01/odio.jpg


 
 
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