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¿Por qué nos sentimos Culpables?

 

Toda emoción desempeña un papel adaptativo en el ser humano. La culpa, en este caso, sirve a los efectos de reconocer que se ha errado e induce conductas reparatorias. En ese sentido podemos considerar que la culpa es una emoción positiva. Solo en los casos en que una emoción como la culpa sea excesiva, o demasiado intensa o frecuente, reviste un carácter patológico, pero en general su función es meramente reguladora. Tanto es así que sin necesidad de recurrir a la justicia, la culpa está relacionada íntimamente con nuestra conciencia moral e impide en general que transgredamos ciertas normas o vulneremos los códigos éticos por los que se rige nuestro grupo social. En esto es en lo que reside el carácter regulador del sentimiento de culpa que se constituye así en una especie de “alarma interior” que viene a suplir los controles extrínsecos y evitarnos el sentir remordimientos.

 De acuerdo con E. Echeburrúa, la culpa consta de tres elementos: 1. el acto causal (real o imaginario), 2. la percepción y autovaloración negativa del acto por parte del sujeto (la mala conciencia), y 3. la emoción negativa derivada (el remordimiento).

 Normalmanete es más grave la culpa referida a la propia forma de ser (por ejemplo, “soy una mala persona”) que la que sentimos por una conducta concreta. El motivo es que lo primero no puede ser tan fácilmente reparado como lo puede ser un comportamiento x. La culpa intrínseca puede ocultar o ser sintomática de un cuadro patológico y puede generar depresión y menor apoyo social ya que el sujeto no lo busca. 

 La conciencia moral o el grado y la intensidad de los sentimientos de culpa de una persona deriva de las diferencias personales y de las pautas educativas recibidas. La introversión y los rasgos obsesivos son directamente proporcionales a los sentimientos de culpa. Un estilo educativo centrado en el castigo físico suscita respuestas agresivas pero estilos educativos del tipo “ya no te quiero”, “no ves cómo nos haces sufrir”, etc. son generadores de intensos sentimientos de culpa.

 En el proceso de socialización todos desarrollamos empatía hacia los demás, una empatía auténtica que permite sentir lo que realmente le sucede a la otra persona. Esto supone que cuando hacemos a otro algo que viola nuestros códigos éticos nos sintamos culpables y empujados a reparar el daño ocasionado. Si esto no ocurre, es que existe alguna anomalía.

 Una culpa “sana” es aquélla que responde a la necesidad de no sentir remordimientos y actuar acorde con ello más que por temor al castigo.

 Según Laín Entralgo el arrepentimiento se da de tres formas: 1. arrepentimiento por vergüenza (cuando hemos transgredido nuestros principios éticos), 2. arrepentimiento por error (cuando nos hemos equivocado y no hemos actuado de forma adecuada), y 3. arrepentimiento por deficiencia (cuando no se ha hecho todo lo que se hubiera podido para solventar una situación determinada).

 Así como dijimos que un sentimiento de culpa exacerbado remite a una patología y puede ser causa o efecto de un estado depresivo e incluso inducir el suicidio, la inexistencia de sentimientos de culpa está relacionada con cuadros psicopáticos o personalidades paranoicas. En muchas ocasiones la reparación, en estos últimos casos, solo puede obtenerse recurriendo a la justicia. 

 La culpa es normal cuando el sujeto adquiere conciencia adecuada de la situación y adopta conductas de reparación y mayor responsabilidad de cara al futuro. No es normal si se mantiene en secreto, se limita al lamento sin tomar conciencia del motivo que la alimenta y sin buscar la acción reparadora.

 Freud enfocó el problema de la culpa ligándolo etrechamente a la ansiedad. Por un lado entendió que el concepto de culpa solo se aplica con respecto a manifestaciones de conciencia que resultan del desarrollo del superyó, el cual a su vez surge como efecto del complejo de Edipo. El superyó es aquella instancia que surge en nuestra psique a raíz de la introyección de las figuras paternas a modo de ley internalizada, por oposición al ello, que representa lo puramente instintual o pulsional. El elemento moderador es el “yo”. Aunque para Freud la conciencia y la culpa no aparecerían como tales antes de los cuatro años, para Melanie Klein tanto la ansiedad como la culpa surgen en los primeros estadíos de las relaciones objetales del bebé, esto es, en su relación con el pecho de la madre. Se produciría en el bebé una suerte de integración del objeto malo y del objeto bueno y a resultas de dicha síntesis amor-odio, tendrían origen una ansiedad depresiva, la culpa y el deseo de reparar el objeto amado. El sentimiento de que se ha dañado al objeto amado es para Melanie Klein la esencia del sentimiento de culpa, y la predisposición a repararlo es consecuencia inmediata de dicho sentimiento, siempre que sobre los impulsos destructivos predominen los sentimientos amorosos. Melanie Klein adelantó ya en 1927 “la hipótesis de que en el desarrollo infantil -tanto normal como patológico- la ansiedad y la culpa que surgen durante el primer año de vida están estrechamente conectadas con procesos de introyección y proyección, con los primeros estadíos del desarrollo del superyó y del complejo de Edipo, y que en estas ansiedades la agresión y las defensas contra ellas son de capital importancia.”

 Obviamente un mundo en que no existiese el sentimiento de culpa, tendría que ser un mundo de absoluta justicia, un mundo de personas perfectas que jamás cometen errores y poseedoras de una conciencia ética inquebrantable. Como esto no es más que algo utópico, pensamos que la culpa sigue siendo un mecanismo positivo que nos permite expiar nuestros remordimientos, corregirnos, enmendar lo que se ha hecho mal, y evolucionar como personas más concientes en aras de una mayor responsabilidad respecto de nuestros semejantes.  

 

Fuentes

 

E. Echeburrúa et al. Estrategias de afrontamiento de los sentimientos de culpa

 

M. Klein. Sobre la teoría de la ansiedad y la culpa

 

Imagen:esosmiercoles.blogspot.com


 
 
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