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La culpa: cuando yo soy el otro. De la responsabilidad a la exigencia.

 

La culpa juega un papel fundamental en el funcionamiento de nuestro día a día. Reguladora del comportamiento se convierte en un sistema integrado de comunicación ante el otro, como una localización existencial que me pone a mí y al otro en lugares concretos como interlocutores definiendo una dinámica social y deformando mi realidad.

 

Naturaleza y características del sentimiento de culpa

Si hacemos un escáner per las principales definiciones que se hacen sobre la culpa, tanto desde un punto de vista de la culpa popular como desde un punto de vista de la culpa jurídica veremos que en todas ellas hay elementos fundamentales que dibujan la forma de la culpa: elementos estructurales y operativos.

 “[…] Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta. […] Hecho de ser causante de algo. […] Omisión de la diligencia exigible a alguien, que implica que el hecho injusto o dañoso resultante motive su responsabilidad civil o penal.”

 ¿Qué podemos extraer de estos enunciados? Elementos básicos a grandes rasgos:“imputación”, “conducta”, “omisión”, “injusto o dañoso” “responsabilidad”... entre las cuales hay una relación estructural, es decir, cada uno de los elementos necesita de su acompañante para construir el complejo culpa. ¿Cómo se unen o se relacionan estos elementos? A través del verbo, la acción: “imputar”, “omitir”, “ser”, “exigir”, “implicar”, “motivar”...

Quien imputa al otro parece tener toda la libertad para ello. Una libertad del todo dada y legítima teniendo en cuenta que tiene institucionalizada la pena de su incumplimiento en el castigo, que acostumbra a ser la forma de expiación de la culpa. Por tanto, partimos que debe ser una libertad apoyada por una ley, norma, regularidad institucionalizada e incuestionable. Lo que sea pero imperativamente eterno e inmutable, como la verdad platónica. Alguna instancia tan sólida y omnipotente que en su tarea connatural de detección de modelos de comportamiento no apto tiene la libertad absoluta y legítima de cuestionarlo. A esta instancia le llamaremos ley, norma, y supone el trampolín sobre el que apoyar una actitud altiva o prepotente.

En segundo lugar, para que esta divinidad tenga una fuerza legítima sería necesario que para poder ser reguladora de comportamiento fuera igualmente emisora del mismo. No tendría sentido pensar que “A” regula “B” si partimos que la propia naturaleza de ”A”, para ser agente, es necesario que previamente disponga de unos principios autoreguladores.

Esa instancia, entonces, parece que define el objetivo y punto de partida del comportamiento adecuado, correcto o que no supondría una conducta imputable de culpabilidad.

En tercer lugar, vemos también una relación estrecha entre evaluador y evaluado. En su relación, tanto culpable como culpator (del latín, que significa aquel que culpa, aquel que tiene poder para ejercer esta acción), viven en una misma casa o tienen una relación de dependencia. El culpable experimenta la desagradable sensación consecuencia del dolor de quién culpa. El acusador actúa una instancia eterna e inmutable digámosle justicia, moral o valores y el culpable la admite. Viviendo la culpa admitimos la superioridad del otro y que este sea nuestro guía.

“[…] Imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta.”Cuando una persona desarrolla una conducta, en el momento que el otro puede evaluarla es libertad suya hacerlo. Actuarlo es viable. Culpar lo demuestra, pero, ¿y la utilidad de la atribución de culpa? Cuando culpo asigno una vivencia al ejecutor de la conducta: que esta es errónea. Y no únicamente eso. Si fuera errónea tanto como correcta (importante sería saber respecto a quién y a qué) no pasaría nada siempre que la corrección y la incorrección estuvieran en un mismo nivel o dimensión. Fluiría, me sentiría bien, satisfecho, asertivo, nada más. Pero la vivencia de la culpa lleva consigo una cruz donde se encuentran la voluntad y la aceptación del comportamiento necesariamente intolerable. Es decir, culpando no instalo la vivencia de haber hecho sino de haber querido hacer una cosa instintivamente, voluntariamente al revés, ni funcional ni útil. Más adelante veremos como la experiencia de esta contradicción tiene sus consecuencias sobre quien la vive además de partir de la premisa que el otro es alguien para juzgarme definiendo un cuadro de indefensión aprendida. Como ciertamente entiendo que puedo hacer cosas que a corto o largo plazo me duelan es trivial que los otros las vean y me culpen. Comienza una carrera aquí, experiencia de la cual se polariza entre mi parte buena y mi parte, digamos mala, salvaje, animal, oscura, etc., para evitar a cualquier precio no vivirme en esta parte poco plausible del mi ser. Síntomas de expresión de este movimiento evitativo serían por ejemplo la agresividad, la rabia... energía autodirigida para evitar conducirla a la fuente.

Tenemos, entonces, una estructura concreta que sería más o menos: una conducta injusta o mala implica o motiva exigir responsabilidad (de responder). Si integramos esto tendremos el perfil ideal del culpable.

Vemos entonces, un elemento de evaluación y un elemento evaluado; la acción del primero sobre el segundo y una parece inevitable naturaleza asociativa entre ellos.

Este patrón o estructura se da tanto en relaciones reales de yo - tu físicas como a nivel subjetivo a través de la autoexigencia que no sería más que un tipo de relaciones imaginarias con un otro integrado como guía. –“Debería ser más sociable [...]”, “Debería ser más hablador [...]”, “Debería tener las cosas más claras [...]”. ¿Quién dice eso? El culpator.

La función del sentimiento de culpa supondría pues, la expresión del miedo de ser censurado o desaprobado, la defensa contra este miedo y la defensa contra el impulso de acusar a los demás.

Si yo soy UNO raramente podré ser culpable. Si yo soy dos, el otro siempre puede ser alguien con criterio para guiarme. Criterio para vivirme.

 

Aparición del sentimiento de culpa.

Donald Woods Winnicot en una disertación para la Asociación de Salud Mental de

Devon y Exeter en 1966, expuso de manera resumida sobre los inicios e integración del sentimiento de culpa. Cómo la culpa se genera en “relación a” y la integramos definiendo un patrón de comportamientos desadaptativos.

El proceso comenzaría de pequeños, durante la etapa de desarrollo determinante donde se aprenden los patrones principales de comportamiento que regirán los años posteriores de vida.

Esta etapa se caracteriza per la plena dependencia de la madre, padre y familiares más próximos. Durante estos años cada necesidad del niño es cubierta por los padres de manera inmediata representando estos su fuente de bienestar y satisfacción. Se mantendría así hasta el momento en que, debido al desarrollo y maduración propios, este ha de comenzar a integrar las normas familiares a las suyas propias, a su código, que va tomando forma. Con el paso de los años, la reafirmación va tomando relevancia y este se acaba o rebelando o sometiéndose al principio regulador impuesto.

Ante tal reacción, los padres se plantean dos opciones educativas respecto a los dogmas morales y éticos. ¿Corregir las diferencias o esperar cambios naturales? Cada opción implicaría unas premisas diferentes y contradictorias: corregir comportamientos desadaptativos partiendo que los contenidos son adquiridos, o no intervenir, partiendo que son innatos al niño y, por tanto, se desarrollarán tarde o temprano.

Cada una de las decisiones son incompatibles y suponen una disyuntiva moral y operativa para los padres en la manera de educar a sus hijos. Frente el riesgo de no estar a tiempo de corregirlos se toma la decisión de enseñar un código moral y ético antes que el niño llegue a la edad o al punto en que pueda desarrollar una conducta antisocial o conflictiva. Aquí se establecería la normativa funcional y guía de comportamiento social adecuado y modelo.

A continuación aparecen las diferencias y la incoherencia entre mis necesidades y las del otro. Cuando no identifica las necesidades, el niño acaba convirtiéndose en científico de las relaciones humanas. Comenzará a operar con datos. A racionalizar para entender. “Lo que me surge genera confusión y tiene un papel modulador en el estado de ánimo del otro”. El niño acaba viviendo que tiene necesidades e impulsos que afectan a su estabilidad emocional y a la de los demás. “Puedo saber que sufren porque mi falta es dolorosa.” Una falta que, hasta ahora, me cubría el otro... Aquí se establece la fórmula: dolor+otro=culpa, y un motivo para sentirme culpable: [...] genero dolor en el otro [...].

Automáticamente las pulsiones que manen de las necesidades se cuestionaran ya que el niño se dio cuenta de la relación y la escisión necesidad - satisfacción, antes inmediata, ahora en el momento que “mi dolor” las separa. En etapas posteriores podrá convertirse la fórmula en“el otro como fuente de mi dolor” y así emerjan conductas conflictivas y destructivas.

Cuando dentro de las relaciones del niño encontramos este tipo de comportamiento, es decir, yo quiero - yo destruyo, podemos decir que ha nacido el sentimiento de culpa. Partimos entonces que aquello que me hace sentir culpable, pasa a ser el objeto a destruir. Me convierto en un combatiente contra mí mismo cuando “mi mismo” es una introyección del otro. Es decir, cuando sustituyo la experiencia del “mi mismo” por el criterio del otro.

 

Conflicto psíquico

La culpa se instala en una bifurcación que no distingue mapas de territorios. Se ha quedado frente a frente cada uno a la espera de resolver y vivenciar su diferencia, que tú no eres yo, que tu mapa no es el mío y el territorio existe en ti tal como el mío en mí.

El sentimiento de culpa deja la persona inmóvil, no se permite actuar per miedo a la censura, se vuelve pasivo y siempre subordinado a esa instancia altiva. Se convierte en un sujeto no reactivo a la ley y voluntad de un tercero.

Esa dicotomía acaba siendo integrada por el sujeto suponiendo una alternativa a la propia experiencia que, al margen de vivir directamente de la información recibida des del sistema nervioso y actuar en consecuencia directa a las necesidades que genera en contacto con el entorno, prefigura una suma de peros, opciones y posibilidades que distorsiona la toma de decisiones y la coherencia de la triada pensar-sentir-actuar.

El conflicto pues lo tendríamos en el enfrentamiento de posiciones si no contradictorias, enfrentadas, si no compartiendo la misma finalidad, definidas necesariamente en una relación vertical que da todo el sentido al conflicto con una polaridad integrada. “Cómo vivo las situaciones y cómo debería vivirlas [...]”.

El conflicto interno genera indecisión y ansiedad. Cuando existe un conflicto, la persona tiene dificultades para manifestar el deseo ya que no es la necesidad la detonante del comportamiento consecuente e inmediato sino las instancias polarizadas instaladas que hacen una función intermediaria. Se establece un puente entre el deseo y la satisfacción.“Siento “X”, pero como debería sentir “Y” y no la siento, me siento culpable”. Es importante ver que lo relevante, lo que me es propio es la vivencia de “X”, pero esta experiencia se sustituye por la falta si nos ponemos en el lugar del criterio del otro o la norma que cree o dictamina que debería sentir “Y”.

Este conflicto puede ser manifiesto o latente. Manifiesto si está expresado en el ahora o latente si queda enmascarado emergiendo como síntoma físico de somatización o trastorno orgánico.

 

Cura del sentimiento de culpa.

De la misma manera, de la percepción de ser malo o inadecuado, nace el impulso de ser constructivo.

La cura de la culpa está en la vivencia de lo que ES. Poniendo cada cosa en su lugar vivimos des de quienes somos, des de nuestros principios, des de la experiencia de vivirme delante tuyo, no perdido en ti ni viviéndote.

 

“Mi cuerpo vive y prefiere, se mueve y autorregula... Si la necesidad es el primer paso hacia la acción puedo vivir soltándome.....  Puedo vivir la vida sin guiarla, sin decidir. Prefiriendo. Liberando únicamente... El cambio así se da, no lo busco, ni lo peleo, ni lo acepto y ni es más ni menos que nada, y ni gano ni pierdo nada..... Lo vivo. Aparece cuando lo detecto y lo detecto cuando me surge, ni antes, ni después, AHORA...

 

La polaridad pierde el sentido y las luchas internas se vuelven descontextualizadas... El dolor puede convertirse entonces en humo. No hay leña para quemar...”

 

Ya que la culpa se construye, tal y como decía, en una relación ficticia o real con un otro introyectado, su resolución pasará por darnos cuenta de cómo nos exigimos y nos castigamos a nosotros mismos, qué emoción le da pié a construirse, cómo la generamos y a posicionarnos como personas responsables de nuestros actos no censurables por imperativo categórico.

Si la culpa se instala en vivirme responsable de una acción socialmente, normativamente inaceptable o éticamente, encontraremos la liberación en la experiencia de la responsabilidad individual positiva. Puedo sentir-me censurado, indigno, culpable en el fondo... La otra opción es vivirme responsable de aquello que me es propio y quiero para mí. Conseguiremos así desintegrar la voz altiva acusadora para dar paso a la vivencia de mi proceso, único, in crescendo, positivo, diferente, cambiante. Emergiendo la intención positiva de mi conducta, la culpa deja de tener contexto, eliminamos los elementos que le dan sentido de ser y de estructurarse.

Les sociedades, siempre y en todo momento están sometidas a la divinidad, a una instancia altiva, digámosle Dios, digámosle padres o digámosle jurisprudencia.

¿Qué tiene de lejos ser como el otro, ser como Dios?, que éste está fuera de mí y no soy yo. Que acercarme a ser o vivirme como el otro tiene el margen de error que me garantiza alejarme de ser yo mismo y, por tanto, la garantía de vivir con miedos y dolor. Vivir a través de una necesidad externa pierde en el aire que me separa de él la continuidad para que el yo sea lineal e ilativo con el otro. Entre yo y el otro no hay nada, ningún hilo conductor excepto lo que a mí me surja ante su existencia. Y lo que a mí me surja ante la existencia del otro es mío y me corresponde, es responsabilidad mía.

Si soy capaz de permitirme ser diferente, ser con libertad a cada momento, estoy abriéndome posibilidades a crecer escogiendo y, por tanto, a dejar de sentir culpa.

 

Jordi Serret Taixà

info@jserret.com


 
 
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