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Crisis, proceso inaugural del bienestar

 

A menudo entendemos por crisis un estado temporal de confusión, inmovilización, de trastorno de las capacidades de observación acompañado de una incapacidad de la persona para afrontarla.

Normalmente una crisis no es importante, no toma relevancia siempre que la decisión o resolución que se hace del problema se tome en coherencia a la realidad que la ha constituido y las necesidades de la persona que la vive. Estas, por ejemplo, son las crisis a la hora de comprar artículos de uso diario… Valoramos y compramos.

Estas crisis no son relevantes, se resuelven y se cierran. Podemos pasar a resolver otros problemas, a tomar otras decisiones nuevamente.

Por otra parte, si esa resolución, que es necesaria, se toma en paralelo o no es coherente ni ilativa a la realidad que contiene y la resolución no dirige la necesidad en el sentido adecuado hablamos entonces de crisis en un sentido negativo. Se da esta connotación seguramente porque a menudo la emoción que acompaña su expresión acostumbra a ser desagradable e intensa. Estas son las crisis por la pérdida de un ser querido o por una ruptura sentimental.

Cuando se da esta desconexión entre la necesidad emergente y la acción/resolución que la cerraría decimos que tenemos o estamos pasando una crisis y acostumbramos a pedir ayuda a un amigo o profesional. La impronta de crisis queda asociada al malestar que genera la acción actuada: acción disfuncional-problema.

Así pues, constantemente nos encontramos en situaciones de crisis enmarcadas en una variabilidad de dos experiencias distintas: la crisis como una forma incompleta o bien la crisis como problema.

El primer tipo de lectura tiene una naturaleza descriptiva, sencilla, adaptativa: el problema es el que ha generado la crisis y por tanto, el objeto de nuestra atención; la segunda, al contrario, focaliza la crisis como “el problema”. En esta última vivencia es donde se elide a menudo una acepción de su valor semántico: la acción que le es inherente: el verbo. Esta lectura normalmente necesita de unos matices para reconducirla.

 

Significado etimológico

¿Cuál es el origen de la palabra crisis?

Su etimología nos indica que es una palabra originaria del griego antiguo krisis (κρίσις), que se traduce como ‘separar’ o ‘decidir’, que a la vez deriva del verbo original krínō (κρίνω), ‘ juzgar’, ‘decidir’ y que en sustantivarse hace la forma krisis (κρίσις), ‘juicio’. Del griego antiguo pasó al latín como ‘crisis’ recogiendo el mismo significado.

De hecho encontramos derivados en la propia lengua como‘crítica’, examen, juicio o conjunto de juicios sobre alguien o alguna cosa y ‘criterio’, juicio o discernimiento.

Así, crisis es una palabra que de por sí implica separación y análisis. Toma su plenitud semántica en el momento de tomar una decisión o se hace necesaria una postura vital. Es un momento previa separación y evaluación del problema. La crisis, por tanto, no es el problema en sí, sino un momento de impasse, un cambio de rasante, un punto de inflexión cuando el problema ja se ha formado.

 

Crisis, proceso natural y necesario

Anna Freud, en sus aportaciones sobre psicología infantil y adolescencia, y la importancia de esta en la configuración del carácter, ponía de relieve una connatural anormalidad de la etapa adolescente teniendo en cuenta que el adolescente transita una experiencia de desarraigo paterno, búsqueda de identidad, individualidad, traspaso de los agentes socializadores de los padres a los amigos, cambios físicos, psíquicos. Era necesario plantear una relativa normalidad patológica considerando una anormalidad normal de esta etapa.

Lo que quiero decir es que de la misma forma que aquello normal durante la adolescencia es una anormalidad relativa, es decir, que entender esta etapa del desarrollo sin un cierto grado de expresión de los conflictos internos es no querer ver aquello que realmente hay, entender/esperar una estabilidad permanente en la vida adulta acaba siendo disfuncional, me acaba sirviendo de poco ya que se hace incompatible con la experiencia diaria de variabilidad emocional, de cambios en el día a día de uno mismo.

El simple hecho de vivir es sinónimo de cambio y novedad, y aquello nuevo a menudo acostumbra a ir de la mano de lo desconocido, del riesgo...

El continuo temporal del desarrollo supone de por si un constante proceso de adaptación al entorno con los pertinentes desequilibrios internos inherentes al momento. Es por tanto, connatural al desarrollo de la persona vivir momentos de crisis, vivir momentos de cambio. Esto quiere decir un proceso continuo de reequilibrios.

Así pues, no puedo madurar sin cambiar y no puedo cambiar sin arriesgarme a la novedad y a lo desconocido. Para madurar necesito separar, analizar y decidir.

La crisis por tanto, se define definitivamente como un “proceso” incompleto que necesita de una actuación final liberadora, por la cual cosa es necesario observar el problema, dividir las partes, analizarlas, y actuar una resolución satisfactoria que nos permita conducir la energía que la sostiene y continuar nuestro camino.

La crisis, tiene un papel mostrador, como el malestar a menudo tiene una función positiva, que es la de mostrador corporal o psicológico de un desequilibrio entre las funciones básicas de las partes que constituyen la estructura psicofísica.

Una crisis existencial, evolutiva, circunstancial está formada de indicadores de agencia positivos, como la energía que la ha formado y la sostiene, el abanico de repertorios interpretativos que la confrontan, y una búsqueda de libertad que a menudo es el preludio de una garantía de bienestar, sabiduría y paz como objetivos personales.

Jordi Serret

 info@jserret.com


 
 
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