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¿Es posible el sexo con amor?

 

La experiencia amorosa une indisolublemente lo simbólico (lo prohibido, discernible, pensable), lo imaginario (lo que el Yo representa para sustentarse, para agrandarse) y lo real, (ese imposible donde los afectos aspiran a todo y donde no hay quien tenga en cuenta el hecho de que yo no soy más que una parte)”. Julia Kristeva

De acuerdo con Marcela Lagarde y de los Ríos, a lo largo de la historia y a través de las culturas dentro de un contexto patriarcal, el hombre ha simbolizado el amor y al amante y la mujer no ha sido sino cautivada y cautiva de ese amor. En su artículo Amor y sexualidad, una mirada feminista, explica que “La maternidad, la filialidad, la conyugalidad, la familiaridad y la amistad, implican al amor considerado inmanente de las mujeres. Sexo, sexualidad y amor son una tríada natural asignada a las mujeres. Son la esencia del mito sobre la naturaleza femenina.”

Por su parte Anna Jónasdóttir en El poder del amor. ¿Le importa el sexo a la democracia?, citada por Lagarde, considera que “El amor es una especie de poder humano alienable y con potencia causal, cuya organización social es la base del patriarcado occidental contemporáneo. El amor hace referencia a las capacidades de los seres humanos (poderes) para hacer y rehacer ‘su especie’, no sólo literalmente en la procreación y socialización de los niños, sino también en la creación y recreación de los adultos, como existencias socio-sexuales individualizadas y personificadas.”

Sobre el binomio sexualidad y amor los hombres construyeron la civilización con todo lo que ellos comporta, desde los mitos, las leyendas, las normas y los tabúes hasta las más magníficas obras de arte, donde los hombres detentan el eros y el amor desde su superioridad jerárquica (“cimiento de su paternidad y de la posición suprema familiar, clánica, de linaje y comunitarias; de ahí emanan gratificaciones y cuidados afectivos, sexuales y eróticos, es vía de acceso a trabajo personal gratuito”), en tanto las mujeres son el objeto, el apoyo , el “el deber ser”, la entrega, la sumisión, el sacrificio hacia ese eros omnipotente para aumentar su narcisismo y megalomanía, y para quienes el amor es poder en sí. Tal y como cita Lagarde, para Simone de Beauvoir en La mujer rota “Los privilegios económicos detentados por los hombres, su valor social, el prestigio del matrimonio, la utilidad de un apoyo masculino, todo empuja a las mujeres a desear ardientemente agradar a los hombres. En conjunto, todavía se hallan en situación de vasallaje. De ello se deduce que la mujer se conoce y se elige, no en tanto que existe por sí sino tal y como el hombre la define. Por consiguiente tenemos que describirla en principio tal y como los hombres la sueñan, ya que su ser-para-los-hombres es uno de los factores esenciales de su condición concreta”.

Pero es la misma Simone de Beauvoir la que nos cuenta en La fuerza de las cosas sus devaneos para superar los celos, las carencias sexuales y su malestar respecto de Sartre, su llanto por sus deseos insatisfechos al vivir su peculiar pacto por el cual según Lagarde, él pondría las condiciones y ella accedía tanto por su admiración hacia él como por el miedo a ser tragada por “la enajenación femenina dependiente y subordinada.”

Hoy nos encontramos con mujeres “sincréticas”, mujeres liberadas en casi todos los campos, laboral, profesional, económico, de procreación, que sin embargo siguen anudadas a una visión tradicional del amor, y que cuando fallan, se autoinculpan: “el éxito se completa con el correlato de enormes dificultades en la dimensión amorosa y erótica con la persona amada, conflictos personales e interpersonales para entender y decidir qué hacer, vividos con dosis muy altas de impotencia.” A veces es ese mismo éxito el obstáculo para una unión armónica no ambivalente, y muchas mujeres buscan nuevas opciones: se aíslan por opción, viven solas, buscan el amor libre, el amor lésbico e incluso el celibato, o viven relaciones riesgosas, incluso violentas, que las ponen en peligro por pura rebeldía sexual.

Desde otra visión, Rojas Marcos, algo más optimista, quizás, entiende, sin olvidar de llamar sexo al sexo, el verdadero amor y la sexualidad son “entrega y donación que procura la felicidad y un mayor grado de libertad.” Para él el amor y la sexualidad se entroncan el uno en la otra, pero donde el sexo es entre dos personas, no entre dos cuerpos. “Sencillamente … cuando al otro se le trata sólo como ser físico, portador de un cuerpo, se ha escamoteado la grandeza y profundidad del mismo. … La sexualidad desconectada del amor y de los sentimientos conduce a lo neurótico. Falsifica su verdadero sentido y, hablando y pregonando de libertad, se termina en una de las peores esclavitudes que puede padecer un sujeto: vivir con un tirano dentro que empuja y obliga al contacto sexual preindividual y anónimo.

Para Julia Kristeva “en el amor se apela al hombre en su ser más primitivo, a sus cimientos más profundos y al mismo tiempo a su ideal. Nos enamoramos de alguien porque esa persona responde a nuestra necesidad narcisista, a algo primitivo que ya habitaba en nuestra infancia, algo anterior al lenguaje. Al mismo tiempo, esa otra persona responde al más ambicioso de nuestros proyectos, a nuestros ideales, a lo más sublime. El amor se sitúa siempre entre estos dos polos. Por ello, todo nuestro ser puede realizarse a través de él. Si estamos enamorados, nos encontramos en una situación de receptividad, de creatividad. En estado de gracia, como se dice en la religión.”

 

Entrevista a Julia Kristeva, Ger Root
http://humanitas.cl/html/biblioteca/articulos/d0172.html
Género, amor y sexualidad, Marcela Lagarde y de los Ríos


Amor ;
Sexo ;
 
 
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